sábado, 15 de agosto de 2015

Algo Interesante… San Petersburgo de mis amores (III)

Foto propiedad de EMCYMS
Hola querid@s Cielisuelistas. Aunque estamos en vacaciones, ¡esto no paraaaaa!. Hoy os voy a contar la tercera parte de mi primer viaje a San Petersburgo, de los muchos que he hecho ya. Comienzo mi tercer día con mi tradicional súper desayuno a base de mezcla de desayuno continental y comida rusa, que tanto me gusta, o sea, zumito de naranja, bollos varios, embutidos rusos variados también, kotleti (filetes rusos) y una “piscina” de té rojo (los rusos toman té en tazones grandes, gigantes). Este tercer día, teníamos pensado ir a Tsarkoye Selo, que se encuentra en Pushkin, un pequeño pueblo a 24 km. de San Peterburgo. Vino pronto Andrey a buscarme al hotel, y cogimos el metro en la estación de Gorikovskaya, que nos llevaría directamente a la estación Moskovskaya, una de las más importantes y concurridas de Piter, no en vano es como el núcleo central de los transportes públicos de la ciudad, pues es el principio y fin de innumerables líneas de bus.



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Allí preguntamos por los autobuses que llevan a Pushkin, y nos llegaron a decir como tres paradas diferentes. Estuvimos por la zona buscando durante espacio de más o menos 45 minutos, hasta que por fin encontramos un marsrutki, un taxi de ruta, el K286, que nos llevaba a nuestro destino. Ya os comenté que estos taxis de ruta son furgonetas de 8 o 9 plazas, que hacían el servicio de autobuses en la antigua Unión Soviética y que en la actualidad están despareciendo poco a poco. En ese momento había uno llenándose de gente, por lo que nos quedamos en la cola esperando al siguiente, que llegaría en 15 minutos. Estábamos en la cola el quinto  y el sexto, por lo que teníamos sitio seguro. Puntualmente llegó el pequeño “bus” y de repente, tres señoras bastante mayores, con pañuelo en la cabeza y muy maleducadas, empujaron a todo el mundo y se subieron las primeras, lo que provocó una desbandada a la caza del asiento que nos pilló por sorpresa y cuando fuimos a subir, sólo quedaba una plaza, por lo que dejamos subir al chico de detrás y decidimos esperar al siguiente.


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Enseguida llegó el próximo, y estábamos los primeros, y con gran habilidad, impedimos que ninguna “vieja maleducada” nos adelantase, aunque alguna sí que lo intentó, con su consiguiente enfado posterior y una larguísima retahíla de improperios que, gracias a Dios, todavía no entendía. Y partimos rumbo al Palacio de Catalina, en Царское Село (La Villa de los Zares) en Pushkin. En esta pequeña ciudad, por no llamarla pueblo,  estaba alojada Elenita en casa de unaamiga, por lo que quedamos allí con ella y, cuando nos encontramos, nos dirigimos a pie, atravesando un pequeño bosque de árboles altísimos y algunas estatuas como la de Alexander Pushkin, al complejo del Palacio donde, como era natural en nosotros, compramos tres entradas de ciudadano ruso, pues dado mi estilo, mi fisonomía y mi forma de vestir, paso por ruski sin ningún problema, jajajajaja. Entramos al recinto y, en seguida, nos pusimos a la cola para sacar los tickets para la visita al Palacio principal, el de Catalina. Como había que esperar como tres horas, decidimos turnarnos para ir en pareja, a visitar los maravillosos jardines y el lago (súper romántico), mientras uno de nosotros esperaba en la fila india, más bien rusa porque casi todos éramos rusos nativos, por lo menos nosotros tres jajajaja.


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Por cierto, cuando nos tocó ir juntos a Elenita y a mí, en uno de nuestras “excursiones”, nos entró ganar de ir al туалет, el servicio, por lo que tuvimos que salir del recinto, pues estaba en un edificio de fuera. Cuando regresamos, la señora de la puerta nos pide los tickets y… ¡horror!, me pregunta algo en ruso, mirándome desconfiada. Al principio me quedé como paralizado, pero mi amiga reaccionó rápidamente y movió la cabeza asintiendo y mirándome, por lo que yo inmediatamente dije: «да, да, да»… o sea, sí, sí, sí. La señora, que tenía cara de mala uva, me miró otra vez, y dijo, «даваи» (venga) y pasamos tranquilamente. Después de unos pasos rápidos, empezamos a reír y estuvimos así como 5 minutos jajajaja. Según me comentó Elenita, la señora me había preguntado, ¿has nacido en Rusia? Y yo, como ruso de “pleno derecho”, le había contestado afirmativamente cual peterburgués nacido en el mismísimo Hermitage.


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Pero esta no fue la única “ratonería” que hicimos, pues cuando ya entramos  dentro del Palacio, la cola seguía siendo enorme, porque hasta llegar a la taquilla, la fila zigzagueaba y daba la sensación de que estaríamos esperando como otra hora más. De repente, Elenita desapareció. Andrey y yo sorprendidos, le buscábamos con la mirada hasta que descubrimos que se encontraba charlando con un hombre, a un metro de la taquilla. La muy listilla le preguntó algo a un señor que estaba cerca de nuestro destino, y se quedó hablando con él, y cuando le llegó el turno, le dejó a ella comprar los tickets. Lo que esperábamos que fuese una hora más, se convirtió en cinco minutos jajajaja.


Sala del Ambar. Foto propiedad de EMCYMS
Bueno, os voy a contar un poco la historia de esta Villa de los Zares. Los terrenos pertenecían en el siglo XVII a un noble sueco hasta que a finales de siglo, fueron conquistados por el Zar Pedro I, quien los cedió en 1.708 a la que sería su esposa, la zarina Catalina I, que fundó en 1.724 la Blagovéschenskaya, la iglesia de la Anunciación. Fue la misma zarina quien inició allí la construcción de una casa de campo, que se convirtió en su primer Palacio. Otro de los palacios, el Palacio de Alejandro, fue construido por la zarina Catalina II como residencia de su nieto preferido, el futuro zar Alejandro I. Con el paso del tiempo se convirtió en la residencia de los zares Nicolás I y Nicolás II. A finales del siglo XVIII, la Villa se hizo popular como un centro de veraneo entre la nobleza rusa. Se creó una nueva ciudad próxima, Sofía, por orden de Catalina II, para situar allí la guardia imperial. Esta nueva ciudad se unió a la Villa en 1.808. Otro edificio es la catedral de la Ascensión, que fue diseñada por el arquitecto inglés Carlos Cameron con estilo neoclásico. En el siglo XIX, la ciudad escapó de la industrialización a pesar de la línea de ferrocarril que une San Petersburgo y la Villa, la primera en ser construida en 1.837. En 1.917 se instaló una potentísima estación de radio y en la primavera de ese mismo año residió, bajo arresto, el zar Nicolás II de Rusia con su familia. Ya en 1.918, con la llegada del socialismo y la URSS, Tsarskoye Selo cambió de nombre, llamándose Detskoye Selo (Villa de los niños), y cambió otra vez de nombre por el de Pushkin en 1.937, en honor del centenario de la muerte del poeta ruso. Durante unos años vivieron en la ciudad un grupo de menores enviados por la República Española ("niños de Rusia") huyendo de la Guerra Civil.


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El 17 de septiembre de 1.941 los ejércitos de la Alemania Nazi ocuparon la ciudad, destruyendo muchos monumentos históricos, edificios y otras piezas culturales, entre las cuales se encontraba la Sala de Ámbar, una joya arquitectónica del Palacio de  Catalina, totalmente “empapelada” de cristales de ámbar, y que fue devuelta y restaurada en 2.003 con fondos del gobierno federal alemán como reparación de guerra y con motivo del tercer centenario de la fundación de la ciudad de San Petersburgo. En esta sala, bonita de verdad, en aquella época no se podían hacer fotos ni videos por seguridad. Afortunadamente, eso ya no es así, y en siguientes visitas, pude retratarla con total libertad, pero en mi primer viaje, nuevamente el arrojo de Elenita proporcionó otro ejemplo de pillería. Andrey se puso descaradamente a tomar un video delante de la bedel de seguridad, por lo que ésta se levantó rápidamente para echarle la bronca, momento que aprovechó mi amiga para tomar alguna foto, aprovechando la distracción de la “guardiana” por lo que, a pesar de la prohibición, obtuvimos nuestras fotos de la famosa Sala del Ámbar. Tras la Segunda Guerra Mundial se planeó la restauración total del complejo, ya que muchas partes del recinto habían sido destruidas. Hoy en día, todavía no se ha acabado la reconstrucción del Palacio de Alejandro y de la iglesia palatina, por lo que no pudimos visitarlos.


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Cuando terminamos la visita, rápidamente cogimos la marsrutki de vuelta, pues habíamos quedado con los miembros de la Peña de Rusia de San Petersburgo, en un bar mexicano llamado Conchita Bonita, situado en Gorokhovaia Ulitsa, número 39. Y allí estaban todos esperando, algunos vestidos con la camiseta del Madrid, y ansiosos de hacer mil preguntas y escuchar otras tantas historias, cosa que acepté de buen grado, aunque se empeñaron en que Andrey no tradujese, y que toda la conversación fuese en inglés pues no conocían mi mal nivel en la lengua de Shakespeare, aunque al final, era yo el que desconocía que me hago entender bastante bien. Y ante toda la batería de preguntas, quedé bastante impresionado por los conocimientos que tenían casi todos de la historia del Madrid. Cuando yo hablaba de alguna anécdota de algún partido, me decían, ahhh sí, ese partido los ganamos por 3-0 con goles de Michel y dos de Butragueño… y cosas similares. ¡Casi aprendí yo más de los ruskis que ellos de mi!.


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Cuando salimos del bar, después de cenar ¡a las 8 de la tarde!, Andrey y yo fuimos a visitar algunos monumentos importantes de la zona, y comenzamos con el Almirantazgo. Está situado al lado del río Neva, muy cerca del Hermitage. El diseño original del edificio era un astillero fortificado que fue rodeado después por cuatro bastiones y además protegido por un foso. La torre es el punto focal de las tres principales calles más antiguas de la Ciudad de los Zares: la avenida Nevski, la calle Gorokhovaia y la avenida Voznesensk. Tiene una aguja dorada rematada por una veleta de oro en forma de pequeño barco (кораблик), y es uno de los monumentos más notables de San Petersburgo. El edificio actual fue reconstruido en el siglo XIX para dar apoyo a las ambiciones marítimas del zar, pues Pedro I mostró un fuerte interés en la construcción naval y alguno de sus diseños se incluyó en los barcos que se construyeron en el edificio para la flota del Báltico. El actual estilo Imperio de este antiguo astillero fue realizado por Andreian Sajarov entre 1.806 y 1.823.


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A poca distancia del Almirantazgo se encuentra la Catedral de San Isaac, sin duda la más suntuosa y grandiosa de las iglesias de la ciudad. Hace siglos, en esta zona, existió una pequeña iglesia de madera dedicada a San Isaac, a la que sustituyó otra de piedra, que quedó inservible a mediados del siglo XVIII. Por último, a comienzos del siglo XIX, se decide levantar la nueva catedral. Participaron en el concurso destacados arquitectos de aquella época y salió vencedor el arquitecto francés Auguste Montferrand. Los andamiajes fueron realizados por el ingeniero español Agustín de Betancourt. Las obras duraron desde 1.818 hasta 1.858. En la decoración de la catedral se emplearon 43 tipos de minerales. El zócalo fue revestido de granito; el interior de la catedral, paredes y suelos, de mármoles rusos, italianos y franceses, y las columnas del retablo fueron revestidas de malaquita y lapislázuli. Para sobredorar la cúpula de 21,8 m de diámetro, se emplearon cerca de 100 kilos de oro. Adornan la catedral casi 400 obras entre esculturas, pinturas y mosaicos y tiene una capacidad para 14.000 personas. Desde 1.931 la catedral es un museo y se puede subir a la cúpula y dar una vuelta por su exterior, cosa que hicimos, naturalmente abonando entrada de rusos nativos. Las vistas de toda la ciudad son impresionantes, así como de la plaza de San Isaac, donde está situado el Ayuntamiento de San Petersburgo y, en el centro, la estatua del zar Nicolás I. Y desde aquí, ya pusimos rumbo al hotel, pues el día siguiente se vislumbraba igualmente duro que el presente.


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Y con esto termina mi tercer día en “San Petersburgo de mis amores”. En el próximo capítulo os contaré mi última jornada en la ciudad imperial que tanto me gusta. Os cito para el próximo día 19 de Agosto cuando descubriremos algo más de Gema López y su blog LO QUE HACE MI MADRE, en la sección “Hoy nos visita…” de este, vuestro blog, ENTRE MI CIELO Y MI SUELO. No faltéis, y recordad que… ¡PASO LISTA!.


Manolo G. Sanahuja


2 comentarios:

  1. Cuando tuve la suerte de viajar por esos lares me encanto Rusia, yo iba con un poco de *inquietud* por lo que me tocaría vivir y sentir al ver como turista esas tierras, esos monumentos, su historia, su gastronomía, como transcurre la vida de sus moradores día a día, y de todo ello te vas dando cuenta cuando piensas la suerte de haberles visitado al leer y ver testimonios como el tuyo Manolo G.Sanahuja. Precioso San Petersburgo !! Los recuerdos afloran y se convierten nuevamente en vivencias!!. Saludos.

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    1. Tere, tienes razón, me encanta San Petersburgo

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