lunes, 11 de enero de 2016

Descubriendo Casa Alberto


Hola querid@s Cielisuelistas, bienvenid@s a este rinconcito madrileño para ver este primer artículo/post del recién estrenado 2016. Después de las fiestas, hoy nos vamos a dar un atracón de casticismo, torería y madrileñismo, pues os voy a “descubrir” Casa Alberto, una de las tabernas más antiguas de Madrid, donde se unen reminiscencias literarias, teatrales y taurinas, bien fusionadas y aderezadas con una excelente cocina madrileña tradicional.



Historia

Casa Alberto fue fundada en 1827, en un edificio construido sobre otro anterior, de mediados del siglo XVI, que fue donde vivió un tiempo Miguel de Cervantes. Este edificio comenzó a tributar impuestos en 1589, cuando estaba a nombre de María Espinosa. Posteriormente, perteneció a Mariano de Espinosa, Francisco Morán y Juan de Acebedo. En la época de Carlos III, fue propiedad del convento de Santo Tomás, que estaba situado en la calle Atocha N° 6, donde después se edificó la iglesia de Santa Cruz. Con la desamortización de Mendizábal, de 1836, se subastaron las propiedades del convento y el edificio de Casa Alberto pasó a manos de unos marqueses. A finales del XIX y parte del siglo XX perteneció a una marquesa residente en la calle Quintana, esquina a Martín de los Heros.


La taberna estuvo regentada por segovianos, las familias Sanz, Pesquera y De Dios, que se fueron sucediendo al frente del negocio. A finales del siglo XIX, en Madrid tuvieron un gran auge los cafés y los teatros, y muchos madrileños que visitaban el “recién” creado Museo del Prado (1819) iban después a tomar algo al barrio. Los taberneros de Casa Alberto eran entonces Dámaso Pesquera Martín y Victoriano Sanz.


En 1915, el tabernero fue Juan de Dios Cantalejo. Su hermano Alberto de Dios empezó a trabajar con él como empleado y después se hizo con las riendas de la taberna. Alberto pagaba 3.600 pesetas anuales de alquiler, y fue él quien en 1924 hizo la reforma que le da su aspecto definitivo y consiguió que la taberna viviera varios años de esplendor. Gente "chic", paseantes y oficinistas disfrutaban con las nuevas y variadas tapas, como los arenques o el bacalao seco. El vermú se fue haciendo sitio poco a poco entre los madrileños como la bebida del aperitivo, aunque lo más frecuente era el vino de Valdepeñas que venía en pellejos de vaca. Después, se pudo servir marisco y pescado gracias al ferrocarril que lo traía fresco a Madrid: almejas guisadas, ostras, cangrejos cocidos, anchoas, quisquillas...


Se vivieron años complicados y difíciles, durante la guerra civil española y en la posguerra, debido sobre todo a la escasez de alimentos, pero en todas estas vicisitudes, hay una preocupación constante en los distintos taberneros que la han regentado, poder mantener el sabor y cierto casticismo madrileño, adaptándose a las posibilidades y a las exigencias de los clientes.


A partir de los años 50, en Casa Alberto se servían vinos, botellines, bacalao seco, caldo y huevos duros. Había que aguzar el ingenio para adquirir algunos de estos productos a los contrabandistas del estraperlo.


Cuando llegó la democracia a España, visitaban Casa Alberto algunos conocidos políticos. Uno de los más habituales fue, Enrique Tierno Galván, el primer alcalde elegido democráticamente en Madrid. Una noche, a eso de la una, le dijo su secretaria: “Jefe, es muy tarde: será mejor irse a casa”. El viejo profesor le contestó: “Yo no sé irme a mi casa sin pasar antes por Casa Alberto”. Anécdota contada por su secretaria y vecina de Casa Alberto.


Fueron años de estabilidad y de auge para Casa Alberto, que tuvo que competir con las nuevas modas que se iban imponiendo en Madrid, sobre todo con la llamada movida madrileña, en los años 80, que trajo una renovación musical y cultural al Barrio de las Letras, y a la que “nuestra” taberna supo sobrellevar y consolidarse.


Casa Alberto siguió fiel a su tradición, centrando su oferta culinaria y de tapas, en los tradicionales sabores madrileños. En 1993 se inició una nueva etapa: Alfonso Delgado, presidente de la Asociación de Tabernas y Restaurante Centenarios de la Comunidad de Madrid, desde su creación en el año 2008 hasta el año 2011, se hizo cargo de la taberna, y trató de devolverle su antiguo esplendor con el propósito de lograr una cocina casera, familiar y sabrosa. Recuperó todo lo bueno de tiempos pasados y la taberna tomó nuevos bríos.


Local

La entrada de Casa Alberto es la típica de una antigua taberna madrileña, puertas de gruesos cuarterones de madera pintada en rojo, y en cuya parte posterior, que cuando están abiertas quedan visibles al público, aparece pintado el logotipo del local, C.A., con las letras entrecruzadas, y debajo una leyenda en letras metálicas, que dice “1827”, y más abajo otra en la que pone “Tapas”. Sobre las puertas aparece el rótulo con el nombre y el número de la calle, en cristal pintado por detrás. Los cristales grabados al ácido de las puertas con el logo, son de 1924, época en que se pusieron de moda este tipo de vidrios. Posteriormente, los retiraron porque no dejaban ver el interior y se creía que esto impedía que entrara la gente, pero Alfonso Delgado los rescató del sótano en 1994, los restauró y los colocó en su lugar original.


En el interior de la taberna, destacan las columnas de hierro forjado con bonitos capiteles y las lámparas de bronce colgadas del techo. Sobresalen unos zócalos de madera labrada, de gran belleza. Sin duda, lo más pintoresco y curioso es el mostrador de estaño, en cuyo extremo hay una pila también de estaño, que estaba destinada, en su momento, a refrescar en la cubeta, las típicas frascas de vino y a lavar los vasos. Sobre la pila hay un grifo con forma de cabeza de perro. En 1985 se restauraron la pila y el mostrador, y para evitar su deterioro, se colocaron encima unos cristales que evitan el contacto directo con los platos y vasos. Junto a este mostrador, hay otro de ónice, de gran belleza.


Es muy curiosa la saturadora de seltz, de la marca Hispania, con la que se fabricaba el agua con gas. El agua carbonatada era muy utilizada para acompañar el vino y el vermú, y también para fabricar refrescos de naranja, limón y zarzaparrilla, que se hacían en el momento añadiendo seltz a diversos jarabes concentrados, preparados para tal fin. También llama la atención la “colección” de grifos que han sido utilizados a lo largo de la historia del local, y que se han ido guardando e instalando en la estantería posterior al mostrador, y que nos da una idea de la evolución de la grifería a lo largo de los años.


Otra originalidad es el juego de medidas de estaño para servir el vino y los licores, desde el jarro, que contenía la medida de un “chato de vino”, hasta el grande para servir un litro. Al fondo de la taberna, estaban antiguamente los cuartos para guardar los pellejos de piel, que contenían el vino, y la vivienda del tabernero. Actualmente, esta zona se ha recuperado como restaurante.


Destacada era la figura el medidor, que solía ser el mismo tabernero o un empleado. El medidor era un auténtico showman en el uso de las frascas y los vasos, y que, espectacularmente, realizaba el rito del llenado de los chatos. Primero se lavaba las manos con vino para que no se le escurriesen los vidrios. Luego, sujetando hasta cuatro pares de vasos entre los dedos, los sumergía en el lebrillo de agua para aclararlos y los colocaba en el mostrador. Seguidamente, rociaba la fila de vasos con un chorro de la frasca y los llenaba todos por igual ante los asombrados clientes. Los medidores vestían con camisa blanca remangada y sobre ella llevaban el blusón regional manchego, de color gris, con un delantal a rayas horizontales verdes y negras.


Como la mayoría de locales del centro de Madrid, Casa Alberto tiene un sótano o cueva, que es la estancia más antigua del edificio, ya que se excavó en el siglo XVI, cuando se construyó la primera casa en este lugar. Esta cueva, de gran profundidad, comunicaba con las casas vecinas, aunque esos conductos fueron cegados en la reforma que se realizó en 1985. Se dice que había una empinada escalera de hierro que descendía a un primer nivel, y de allí bajaba otra escalera de obra a un segundo nivel. Este tipo de escalera sin barandilla fueron origen de numerosos accidentes, pues por ellas había que subir y bajar las pesadas cajas de botellas y las enormes garrafas de vino.


A comienzos del siglo XX, nació en las tabernas madrileñas la moda de colocar adornos y colgajos varios al gusto del tabernero o para hacer el local más llamativo a los ojos del cliente. Los motivos taurinos, carteles, fotos dedicadas, incluso cabezas de toro disecadas eran los más habituales. Posteriormente aparecieron los adornos relativos al fútbol. Colecciones de botellas antiguas, de banderines o llaveros, completaban el ajuar decorativo. Tampoco faltaba el calendario que, en el siglo XX, solía representar publicidad acompañada de una señorita en algo menos que paños menores. Era muy habitual colgar carteles con la "porra" para jugar a los últimos números de la lotería nacional.


En Casa Alberto encontramos abundantes fotos dedicadas, que eran otra de las señas de identidad de las tascas. Entre ellas, fotos del Real Madrid y del Atleti, de tenistas, de actores y de toreros. También abundan los diplomas, como el de "Establecimiento tradicional madrileño ", concedido por la Cámara de Comercio en 1980, o la medalla al mérito profesional, de 1997, otorgada por “Publicaciones de Comercio S.A." Existen también dos cartelitos que no faltaban nunca en las tabernas con estas advertencias: “Prohibido cantar y bailar'' y "Prohibido escupir".


Casa Alberto ha tenido siempre una ligazón especial con el mundo de los toros. Fue un lugar concurrido por los picadores y banderilleros, que echaban aquí un trago para envalentonarse antes de ir a la plaza. Algunos toreros se paseaban en calesa animando a las peñas taurinas a acudir a las corridas y eran frecuentemente invitados a tomar algo en las tascas y tener alguna tertulia. Aquí, por ejemplo, se debatió el pleito de los miuras, cuyo objetivo era conseguir que a los toreros les pagaran más cuando se enfrentaban a los toros de esta temida ganadería, aunque la petición, no salió adelante. Hubo entonces diferentes tertulias taurinas, y la primera que se conoce fue la de los años 40 con el torero Antonio Segura Campos El Segurita, según testifica Antonio Huerta en su libro Por la calle ancha de San Bernardo. Actualmente, mantienen una tertulia taurina D. Ángel Tirado con el actual comisario Presidente de las Ventas. D. Manuel Muñoz Infante.


Pero no sólo el mundo taurino tiene referentes en Casa Alberto.  El teatro también ha sido una parcela que ha tenido gran acogida en el ambiente “albertiano”, pues aquí se vendían entradas con descuento para la claque de El Español, para asistir a las funciones con la condición de aplaudir cuando así lo dictara el jefe de la claque. Según diversos autores, entre ellos el Patronato Municipal de Turismo, los tres marcos alzados de madera que hay sobre el zócalo de Casa Alberto, entrando a mano derecha, corresponden a ventanas que servían como taquillas para vender las entradas de la claque. No está comprobado que hubiese estas taquillas, pero es un hecho cierto que las entradas para la claque del teatro Español se vendieron desde siempre en Casa Alberto, costumbre que perduró hasta mediados de los años 80, cuando desapareció la institución de la claque.


Además, por su proximidad a importantes teatros, como El Español, La Comedia y La Zarzuela, Casa Alberto era visitado asiduamente por espectadores y actores para tomarse un refrigerio antes o después de la función. Asimismo. frecuentaban su restaurante, actores famosos entre los que se encuentran Tony Leblanc, Javier Bardem, Martin Sheen, José Sacristán, Santiago Segura, Andrés Pajares, Raúl Sénder... y, entre las actrices, Victoria Vera y Ana Belén.


Por lo que respecta a los temas culinarios, hay que decir que, en sus comienzos, la cocina de Casa Alberto se limitó a servirse de los recursos disponibles. Se utilizaron principalmente los escabeches, las verduras de las huertas cercanas, las tajadas de bacalao seco, los huevos duros, los cangrejos de río, los caracoles, la sangre encebollada, los sesos y las criadillas. Años más tarde, se introdujeron nuevos productos como almejas, boquerones en vinagre y mejillones. Y ya en la actualidad, se empezaron a cocinar las recetas clásicas de la Casa, como los caracoles, el rabo de toro estofado, las albóndigas de ternera, el bacalao a la madrileña y los callos. Esto es así gracias al trabajo de su actual propietario, Alfonso Delgado, y de su jefe de cocina, Mario Pilar Quiroga, que han logrado recuperar antiguas recetas de platos típicos madrileños, lo que permite a los clientes degustar los manjares de antaño, los guisos y recetas de las abuelas, que han hecho de esta taberna, un referente de la cocina madrileña.


Y esto es todo por hoy. Querid@s Cielisuelistas, no dudéis un momento en pasaros por Casa Alberto a comer o cenar, o simplemente a tomar unas tapas, pues quedaréis verdaderamente encantados. Quiero agradecer a todo el equipo de Casa Alberto las facilidades mostradas a la hora de permitirme hacer este reportaje, y en especial a su dueño, Alfonso Delgado, que además de su amabilidad y permisos pertinentes, me facilitó un libro con la historia de la taberna-restaurante, que editaron para la conmemoración del 185 aniversario, y en el cual, podemos encontrar la siguiente salutación:

“Agradezco muy sinceramente el esfuerzo que han hecho tantas personas para materializar la ilusión de recopilar la Información, las fotografías y los datos de Casa Alberto a través de los años, especialmente a Carlos Osorio y José Manuel Escorial” (Alfonso Delgado)


No me queda más que citaros para el próximo lunes 18 de enero, donde podréis disfrutar de un nuevo artículo o entrevista, aún por dictaminar. Os espero, no faltéis, y recordad… ¡PASO LISTA!

Manolo G. Sanahuja
Fuentes: 
Texto: + Libro: "185 años de Casa Alberto"

Fotos y vídeo: + Manolo G. Sanahuja

2 comentarios:

  1. Ahí me voy a tomar yo un vermout contigo!! Que preciosa manera de amar Madrid. Gracias Manolo.

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  2. Ahí me voy a tomar yo un vermout contigo!! Que preciosa manera de amar Madrid. Gracias Manolo.

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